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miércoles, 26 de febrero de 2014

Ácido y roca

Le sacaron el corazón y le metieron una roca, le cosieron el pecho y olvidaron quitar los puntos para que cicatrizara bien. Se obligó a arrancarlos con un tijera de cortar papel, no lo suficiente filosa para que se hiciera bien, quedó medio parchado, pero oculto bajo la ropa. ¿Y no era eso lo más importante? ¿Qué nadie pudiese ver el daño?
Se llevaron las lágrimas y colocaron ácido en sus ojos, y ese sólo actúan cuando otro producto lo incita, cuando lo hace le corroe el alma, quema, ahoga y deja más cicatrices de las que debería.
Todo por una operación mal hecha, querían que no sintiera y sólo consiguieron que sintiera demasiado profundo para no llorar, deseaban que no llorara y aunque ciertamente ya no tiene ganas de hacerlo, cuando lo hace se contiene y lo vuelve a meter todo dentro, y eso quema más profundamente.

Lo tiene todo bajo la piel, el corazón de roca y las lágrimas de ácido que no deja salir. Tal vez algún día el ácido le roa la piedra que tiene metida en el pecho. Quizás pulida y brillante se convierta en una escultura y deje de ser un lastre.

martes, 18 de febrero de 2014

Manos inquietas

Ella no lo recuerda, hace mucho que sucedió, demasiado desde la última vez que lo vio. Y si se acuerda jamás lo ha mencionado. Tiene inmortalizado en su memoria estar con Juan Salvador Gaviota oculta en el pasillo del patio, ansiosa por aprender a volar.
Hace mucho que camina, cuando anda sola lo hace con prisa; si va acompañada, cuenta los pasos y se equilibra en el borde de la acera. Y si caminas por su lado, puede que no lo sepas, pero lleva un libro en el bolso y una historia en la cabeza, puede que sea suya, puede que no, pero es ella quien la hace vivir en su mente.
Y si la ves apoyada en una pared y tratas de hablarle, no te extrañe que espere a terminar un párrafo o una frase antes de contestarte, que se quede callada mientras hables. Mas no te engañes, sus pensamientos gritan, giran y bailan a un ritmo que ella no logra controlar y si se pierde en una frase no es por propia voluntad.
Y es por eso, que fue hace mucho tiempo, que ya no piensa en ello.
En esa noche oscura de diciembre en que una mano le jaló el brazo y la subió a un auto mientras el mundo clamaba y viraba, en que al día siguiente de esa noche el sol se ocultó tras una nube y le dio la impresión de que no volvió a salir en un buen tiempo. En otra noche, tiempo después, cuando el mundo se volvió confuso nuevamente, tuvo que meterse bajo una cama para ver si el coco era tan feo como aquello que sucedía fuera de su habitación.
En que caminó equilibrándose en el borde del andén hasta un lugar lleno de edificios grises tras una malla, tenía algunas torres altas, mas no era un castillo. A la mañana siguiente, vestida con el uniforme escolar, sopló el vidrio para dibujar en la ventana del bus, que andaba por calles desconocidas. Insegura de a dónde iba, pero no del propósito de la excursión.
No, ella ya no se preocupa por ello.
Evoca a Juan Salvador Gaviota, puede verlo volando junto a ella en una tarde de agosto, midiendo la velocidad a la que vuela. Recuerda un ave de alas blancas y brillantes, no un taxi y un bus luchando por ir uno delante del otro, imagina que las cometas de colores atadas atrás son colibríes a quienes se les han atado las plumas de la cola para que no puedan escapar. No piensa en los dos adultos que se ponen a pelear, en una tarde que debió ser soleada y no lo fue. Deshecha de sus pensamientos las iras sin propósito y a la marioneta que bailaba al ritmo del hilo de esas emociones.
Los ha desterrado al no recuerdo, a un destino peor que el olvido.
Ella se para en las puntas de los pies, salta como caperucita roja y a veces ríe tanto que no puede respirar, pero sólo si se da con el tema correcto en el momento indicado.
Y parece un gran secreto, pero no lo es. Ella puede reír, puede llorar, pero sólo lo hace con el mundo de sus sueños, la realidad pareciera que no la toca y es que nadie se molesta en empujar la nube que a veces esconde el sol.
En algunos momentos el sol atrajo más nubes, en ocasiones el viento las espantó, en otros el mismo sol salió. Ahora el sol está ahí, alto en el firmamento, con nubes a su alrededor, pero ellas no lo ocultan, están esperando.
Ella no sabe que aguardan, porque hace mucho que no recuerda, y si lo hace no lo dice. Ni sus ojos, ni su mirada, ni su sonrisa hablan de ello o de él, pero puedes sospecharlo por la forma en que sus manos se mueven inquietas.
Sin embargo, ella lo sabe, lo que se oculta tras la puerta de cristal con cadenas. No es como si no pudiera verse si se pasa por allí. Ella sin duda conoce lo que está guardado, pero el hecho de que lo sepa no significa que lo rememore, y si lo hace no lo dice.
No, no habla de ello, ni de él. Si observas sus manos retorcerse e intentar escapar no dudes que es porque ellas quieren mostrar lo que la boca y la mente se niegan a rememorar, aquello que sin duda explica porque en ocasiones siente el corazón pesado sin razón.
Como esa noche cualquiera que el mundo viró.
Es en esos momentos que tal vez haya un atisbo a la puerta de cristal, pero tan pronto como se asoma al pasillo al que la puerta está atada, da media vuelta para dejarlo atrás.
Evidentemente prefiere pensar en aquel estrecho corredor del patio con olor a ladrillo húmedo y páginas con tinta. En Juan Salvador Gaviota volando a su alrededor, invitándola a usar las alas.
Hace mucho que no recuerda, demasiado desde la última vez que lo vio, no fue esa noche de diciembre la última ocasión, sólo fue el inicio del fin, pero eso no la molesta. Después de todo ella misma eligió, pero eso no quiere decir que no sea consciente de que las cosas cambiaran. Sabe que el tiempo siempre está cambiando, y puede que las nubes tapen el sol nuevamente, mas no lo harán por siempre.
Y tal vez algún día pueda recordar que hubo más que gritos, que existieron tardes soleadas en una piscina, pero son tan pocos esos recuerdos, son días sin fecha en la memoria, ocultos en un cofre dentro de la habitación, y es que aunque la puerta sea de cristal lo que hay dentro del cofre no se puede atisbar, ya que el cofre fue robado por las emociones sin control, que están rabiosas porque ella se niega a dejarlas escapar.
Era tan joven cuando sucedió, cuando una noche de diciembre las manos se soltaron y los pies de dos personas agarraron caminos diferentes. Demasiado tiempo desde esa noche en que una mano la jaló del brazo y él lo permitió.
 Fue hace mucho, ella ya no lo recuerda, y si lo hace no lo dice, sólo sus manos tratan de escapar para contar la verdad.
Tal vez algún día pueda quitar las cadenas de la puerta y liberar aquello que encierra, pero no parece ser pronto y sólo existe un tal vez.
Mientras tanto, puedes verla por ahí, con un libro en la mano o metido en el bolso mientras camina, y no olvides las manos inquietas y la mente que gira lejos de su control, no te extrañe si se pierde en una frase, su mente sólo recuerda lo que quiere.
Y no es esa noche, muchos menos a él. Ella no lo evoca, y si lo hace no lo dice porque hace demasiado desde la última vez que lo vio. Ha olvidado cuándo, cómo y dónde, pero está más que segura que fue hace más que un par de años en una noche sin estrellas y que, al día siguiente, el sol salió casi como siempre. Un poco menos brillante, pero sin duda igual de caliente.


martes, 3 de abril de 2012

La hermana que nunca abracé


La conocí en mi cumpleaños número siete.

Era un día soleado, podía sentir el calor traspasar las suelas de mis zapatos y subir por mis piernas, la mochila me rebotaba en la espalda y yo solo corría por las calles para llegar a casa pronto.

Sabía que me esperaba un pastel de chocolate con fresas por encima, mi madre siempre lo preparaba en la mañana el día de mi cumpleaños, cuando llegaba del colegio las velas estaban encendidas, el olor del pastel recién horneado aún se percibía en el aire.

Aunque aquel año fue un poco diferente, cuando entré por la puerta de la cocina mamá me recibió con un abrazo, me dijo: Alguien te espera en la sala. Yo sonreí, creyendo que por ser mi cumpleaños papá había llegado temprano.

Qué fiasco me llevé cuando vi una chica, tendría veinte años, el cabello castaño claro, crespo y ojos incoloros. Ella estaba ocupada fijándose en las fotos que estaban en la equina y no me escuchó. Así que para llamar su atención le susurré un hola. Se volteó de inmediato, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola —contestó. Se acercó caminando en la punta de los pies, su cabello se estiraba como un resorte y volvía a su forma original a cada paso que daba—. Feliz cumpleaños, precioso. Te atraje un regalo —musitó sonriendo nerviosamente—. Ojalá te guste —murmuró con una risa que se asemejaba al tintineo de una campana. Se sacó una caja envuelta en papel rojo y un moño amarillo del bolsillo.

El regalo tenía el tamaño de su puño, cuando me lo entregó lo sacudí.

—¿Qué es? —pregunté.

—A menos que lo abras no lo sabrás —respondió y yo me quedé mirándola, sus ojos, así de cerca como estaba, parecían dos farolitos recién iluminados—. Ábrelo —susurró muy bajo mirando para otro lado. Yo aparte la vista cuando noté que sus ojos se hacían agua.

Arranqué el moño sin piedad y con torpeza rompí el papel, luego abrí la caja y saqué una locomotora de cristal pequeña envuelta en papel de burbujas.

—No sabía qué regalarte —musitó mientras yo acariciaba los trazos y la caldera del pequeño juguete.
Era bonito, aunque no me serviría para nada. Tendría que dejarlo en mi mesita de noche o en la repisa, si alguno de mis primos o amigos lo cogía podía romperlo.

—Di gracias —ordenó mamá desde la puerta que conectaba la cocina con la sala. Yo lo repetí, aún fijándome en los detalles del contenido de la caja de regalo. Cuando miré por debajo de la locomotora, que tenía una inscripción que decía «Vive tus sueños».

—¿Quién eres? —interrogué. Mi mamá bajó la cabeza y se fue a la cocina limpiándose las manos.

Ella pronunció su nombre, lo hizo muy suave, luego vino el sonido de su risa, dijo que era mi hermana. No me lo creí hasta que papá cruzó la puerta y su feliz cumpleaños dirigido a mí se apagó al verla.

Mamá exclamó: «Hola, cariño». Papá se fue a la cocina después de entregarme una caja alargada cuyo contenido ya no recuerdo.

El pastel lo partimos en un inusual silencio, de inmediato supe que era culpa de ella. Y decidí que mejor no hubiese ido. Quería que se fuera, pero se quedó un rato hablando conmigo. Me contó que era bailarina, conocía toda clase de lugares, que a lo mejor —si papá y mamá me dejaban— me llevaba a conocer el monte más alto del mundo o navegar por el río más largo. Nos imaginé subidos en un tren como el de mi regalo, con la caldera humeante, el «chu chu» resonando mientras iba rumbo a lo desconocido. Mi hermana me plantó un beso en la mejilla sin decir nada.

Luego de eso se fue y no volví a verla hasta un año y un día después, donde me pidió perdón por llegar tarde y no poder quedarse. Un regalo, un beso, un hasta luego y la vi alejarse agarrada del brazo de un hombre que no me presentó, aunque en todo momento le cogió la mano.

Al igual que el año pasado, mamá y papá evadieron cualquiera de mis preguntas. Yo sabía que mis padres y ella discutieron, lo hicieron en la cocina en mi cumpleaños número siete, cuando supuestamente fui a guardar los regalos.

Escuché poco y no entendí nunca nada.

Ellos decían que lo que hacía estaba mal; ella que tenía sus derechos, que no era ya una niña tonta, que había madurado…

Pero la discusión se terminó con un «piensa en lo mejor para él» que provino de mi padre.

Cuando bajé ella tenía huellas de lágrimas; papá, los puños apretados y mamá limpiaba los platos.

Mi hermana me siguió enviando regalos hasta que fui mayor, hasta que un día —idéntico al día en que la conocí— dijo que quería decirme algo, que tenía que saberlo y yo le contesté que ya basta, que no valía aparecerse solo un día al año y el resto olvidarse de que existía, le pedí que dejara de enviarme regalos. Ella lo cumplió, pero empezó a enviarme cartas que nunca respondí, porque ni me tomé la molestia de leerlas.

No me arrepentí de mi decisión de no escucharla hasta el día en que recibí un sobre lleno de partituras del guitarrista que tocaba en sus presentaciones, que más tarde me enteré era su esposo y con quién la vi en varias ocasiones, en todas ellas él apartó la mirada de mí. Contraté a alguien para que interpretara la melodía, era suave con leves tonadas felices en medio de la tristeza.

Solo al final de la melodía el guitarrista me pasó las partituras, me señaló la última página, descubrí que mis padres no eran mis padres y que mi hermana no era mi hermana…

Finalmente entendí todo, busqué la vieja locomotora que me dio ella en el primer cumpleaños en el cual estuvo conmigo, la guardé en una caja junto con el resto de regalos y cartas.

Por fin comprendí de donde provenía el alma de artista que mis padres tanto se esforzaron en extinguir.


***

Perdón por tenerlo tan abandonado, no es que haya dejado de escribir, solo que he estado ocupada estudiando y también que cuando me pongo a escribir no terminó las cosas que escribo. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

La puerta y las fotos


     Entre los interminables pasillos con paredes de cristal, que ya están empolvados porque se olvidaron hace demasiado, se oculta una puerta de oro con un cerrojo que jamás se cerró con llave, pero nunca se volvió a abrir.

     Tras la puerta, una habitación olvidada espera un día que nunca llegará, un día en que los libros, entre los que se perdieron las risas de la infancia, se vuelvan a abrir; en que los pasos que quedaron atrapados en el corredor y volvieron a la habitación, dejando lágrimas que quedaron encerradas bajo el candado de un diario, regresen otra vez.

     Son pasos que se olvidaron, entraron a tropiezos y salieron tranquilos,  llenos de promesas falsas de seguridad. Pasos que querían dar saltitos y de vez en cuando sólo querían correr para escapar.

     Allá, tras esa puerta olvidada que nunca traicionó a la mente, pero si traicionó al corazón se ocultan los recuerdos de una vida que en algún momento fue lo mejor.

     Pobre puerta, se oxidó a propósito, ya ni siquiera porque la quieran volver a abrir se mueve, quedó atascada de tal forma que únicamente se puede abrir una pequeña rendija que da vista al álbum de fotos empolvado con nombres que ya perdieron significado, fotos que  de vez en cuando pasan las páginas para permitir un vistazo al pasado, pero a cambio de ese vistazo se obtiene más polvo, ya es tanto que las más viejas ni si quiera se pueden ver y las más nuevas no tienen razón de ser.

     Únicamente quedan las que se van tomando en el presente, esas que están atrapadas en una cámara porque no tiene lugar donde vivir ni un pasado que les pueda decir cómo llegaron hasta ahí. Son fotos desordenadas, confundidas y sin esperanzan de explicación, ya se resignaron a ser pasado de un futuro sin ellas mismas tener uno, aunque dicen que traman una conspiración.

     Pobre puerta, de escuchar tantos rumores tomó una decisión, robar la llave para asegurarse de que esas fotos sin lugar no ocupen el de las demás, ya que si lo hicieran solo quedarían rezagadas a también ser olvidadas. 

miércoles, 31 de agosto de 2011

Recordar


     Es que no podemos olvidar —al menos yo no puedo—las sonrisas secretas que casi besaban, las miradas coquetas que por poco tocaban. Los besos, los abrazos fuertes, las tomadas de mano, las promesas que no se cumplieron porque los días nunca llegaron, las caricias; esas que prodigabas casi con miedo, como si en cualquier momento fuera a rechazarte, cuando la verdad es que en cuanto me tocabas quedaba hechizado.

     Yo sé que aún recuerdas como me aferraba a ti, que no dejaba de mirarte, de grabar tu recuerdo en mi memoria porque así como tú tenías miedo que dejará de amarte yo temía que te fueras, peor… que te alejaran de mí, en el primer caso podrías volver; en el segundo… nada era seguro.

     Pero vivíamos con eso. Pasábamos los días juntos. Yo feliz de tenerte, tú feliz de amarme y que te amara, que te ame. Nunca mencionábamos nada sobre tu mundo o el mío, ambos tan diferentes y dispares que podían separarnos. Si en algún momento la angustia hacía acto de presencia te abrazaba muy fuerte y tú buscabas, con la suavidad y lentitud que me enloquecía, los latidos de mi corazón bajo tu mano.

     Sin embargo el día acababa junto con nuestro tiempo, era cuando la realidad nos golpeaba que soltábamos nuestras manos y los pasos que nos separaban se convertían en kilómetros.

     Y de pronto…

     De pronto…

     Todo fue tan repentino, todo fue tan rápido. Un día estabas, el otro no y al siguiente quedamos atrapados, cada uno por su lado. Nuestras prisiones diferentes, pero ambas tenían encadenados nuestros corazones, que se consumían lentamente.

     Y poco a poco nos apagamos, sumidos en el desconsuelo. Cuando el candado que mantenía unidas las cadenas se abrió con un chasquido ninguno se dio cuenta, nuestros corazones estaban dormidos. Ahogados en el sopor silencioso de las lágrimas que se habían derramado y secado.

     Pero los hilos que nos unían, cuyo tira y afloja creíamos perdido, jalaron una vez más, despertándonos del letargo en que nos sumimos.

sábado, 27 de agosto de 2011

Recordar


     Es que no podemos olvidar —al menos yo no puedo— los besos, los abrazos, las caricias; esas que prodigabas casi con miedo, como si en cualquier momento fuera a rechazarte, cuando la verdad es que en cuánto me tocabas quedaba hechizado.

     Yo sé que aún recuerdas como me aferraba a ti, que no dejaba de mirarte, de grabar tu recuerdo en mi memoria porque así como tú tenías miedo que dejara de amarte yo temía que te fueras, peor… que te alejaran de mí, en el primer caso podrías volver; en el segundo… nada era seguro.

    Pero vivíamos con eso. Pasábamos los días juntos. Yo feliz de tenerte, tú feliz de amarme y que te amará, que te ame. Nunca mencionábamos nada sobre tú mundo o el mío, ambos tan diferentes y dispares que podían separarnos. Sí en algún momento la angustia hacía acto de presencia te abrazaba muy fuerte y tú buscabas, con la suavidad y lentitud que me enloquecía, los latidos de mi corazón bajo tu mano.

     Sin embargo el día acababa junto con nuestro tiempo, era cuando la realidad nos golpeaba que soltábamos nuestras manos y los pasos que nos separaban se convertían en kilómetros.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Piruleta de Chocolate


El corazón le latía como loco, incluso ni él mismo creía aquello que veía, ¡pero era cierto! No podía ser otra alucinación más, sí lo fuera estaría perdido…

La chica estaba mirando el cielo con una piruleta de chocolate en la boca, sabía que era su sabor favorito, ella nunca comía de ninguna otra. Caminó hacia ella corriendo, el ruido de los pasos llamó la atención de ella, aunque la calle estuviera llena de transeúntes apurados por llegar a sus hogares o trabajos.

Ella lo miró, notó como sus ojos lo observaban sorprendidos, de repente sonrió y él no pudo evitar gritar su nombre sintiendo que su corazón explotaría, empujó un par de personas mientras ella relamía la piruleta y daba media vuelta. Apuró el paso, temiendo que ella desapareciera de nuevo, agarró su mano rápidamente y una chica que no era la que buscaba lo miró.

No podía equivocarse. No de nuevo. Buscando por todas partes la vio mirarlo antes de entrar un callejón, corrió gritando su nombre varias veces. Ella lo ignoraba ¿Por qué lo hacía? Lo estaba abandonando, nuevamente. Sintiendo la angustia unas lágrimas escaparon de sus ojos, llego al callejón y entró, pero no se hallaba más que un gato buscando comida en el basurero.

Resbaló por la pared y abrazó sus rodillas mirando el cielo ¿Dónde estaba…dónde estaba ella? ¿Por qué lo había dejado?



—Creó que me he enamorado de ti —balbuceó el muchacho que era entonces mientras la veía mover los pies en el agua. Ambos estaban sentados a la orilla de un río con las manos apoyados hacia atrás, aunque ella solo una porque con la otra sostenía una piruleta de chocolate, llevaba cinco en todo desde que estaba con ella. Ella veía el cielo, él solo tenía ojos para ella.

—No tiene ningún sentido —dijo ella tranquilamente—. Que me lo digas —añadió—. Para mañana te habrás olvidado de mí —murmuró tan campante. Él la observó angustiado, quería ver sus ojos.

—Claro que no, no se puede olvidar a alguien del que te has enamorado a primera vista.

—Iluso —burló soltando una carcajada—. Cómo se nota que no me conoces, cómo se nota que no sabes quién soy. ¿Sabes cuántas veces he escuchado eso? —preguntó relamiendo la piruleta—.Voy y vengo, nunca estoy en un solo lugar por mucho tiempo, para mañana me habré ido. Ya he observado el cielo de esta ciudad por mucho tiempo.

—¡No puedes irte! —protestó— ¡No puedes abandonarme! Si te vas iré a buscarte —aseguró. Ella negó con la cabeza.

—No vas a recordarme, no importa lo que pase. Mañana no me recordaras —prometió ella—. Recordarás este lugar y lo que hemos hablado, pero nada más, será como un sueño, siempre es así a donde vaya, todos me olvidan —comentó encogiéndose de hombros. 

Parecía no importarle, pero a él no lo engañaba había algo triste en su mirada—… Es mi maldición —susurró tan bajo que creyó que era su imaginación—. Voy y vengo, siempre ayudo, pero nadie nunca me recordara. Es mi destino.

—¡No me olvidare de ti! —gritó muy seguro.


No se había olvidado de ella, pero no sabía que era peor, si pasarse la vida buscándola en cada calle, en cada callejón o no saber que existía. Con el corazón destrozado, mirando al cielo la vio en la azotea, sentada tranquilamente lamiendo la piruleta con forma de corazón. Se levantó rápidamente y gritó su nombre de nuevo. Ella sacó algo del bolsillo y se lo lanzó. Por atraparlo bajo un momento la mirada. Cuando la alzo se había ido de nuevo.

Era una piruleta de chocolate con una nota pegada. «A veces el recuerdo es tan malo como el olvido. Espero que esto endulce tu recuerdo así como endulza mi tormento».

miércoles, 3 de agosto de 2011

Por ti, por mí


Por ti, por mí, por nuestro sueño, ese que nunca se cumplió, el que creímos olvidado y guardado en un cajón.

Ese en el que despertábamos juntos, caminábamos por la calle cogidos de las manos, en el que nos besábamos sin miedos, sin mentiras ni engaños…

Por ti, por mí, por ese sueño que nunca se cumplió, porque todo dio la vuelta y nuestra vida se volvió una condena, porque las cadenas son nuestras miradas, porque mi pesadilla es tu recuerdo, mi carcelero tus ojos  y tenerte un sueño imposible.

Porque cuando nos vemos cambias silenciosamente de acera o caminas como si no me vieras, porque cuando te veo apartó la mirada, pero se me es imposible no voltear a verte la espalda, porque sé que tú también lo haces y es cuando nos encontramos y volvemos la mirada al frente, donde definitivamente nuestros caminos se separan.

Por ti, por mí, por ese sueño que nunca se cumplió, por las lágrimas que murieron al caer al suelo y las que nunca abandonaron nuestros ojos.

viernes, 1 de julio de 2011

Miradas

     Ese día su hermano peleó, ella intervino, y luego de una discusión en que ella terminó con lágrimas en los ojos; su hermano con la furia, decepción y satisfacción en la cara; los demás estaban pasmados al no entender nada.
     Un hermano frente al otro y más allá la razón de sus discusiones continuas.
     Su corazón y razón estaba en juego, era uno o el otro. Su hermano no la dejaría en paz, no podría ser feliz… pero sí no lo tenía a él nada iba a tener sentido y… a él no le harían daño.
     Entonces su hermano estiró el brazo, titubeante lo cogió, sin siquiera dirigirle una mirada a él, no podría hacerlo si lo observaba.
     Su hermano le rodeó los hombros con un brazo, se dirigió hacia el chico de más allá y la apretó contra él.
     «Nunca será tuya» decían los ojos de su hermano con una sonrisa burlona.
     «Lo siento» gritaban los de ella con lágrimas.
     «Lo sé, pero aún así…» contestaron los de él.
     Ambos apartaron la mirada al mismo tiempo, sus manos no se rozaron —a pesar del magnetismo que las quería unir— solo haría todo peor.
     Cuando todos preguntaron él sonrió y dijo que no pasaba nada, porque él era fuerte.
     Ella con su hermano al lado se echó a llorar, porque ella era débil y cobarde.
     Nadie se dio cuenta de que él tenía las manos empuñadas. Todos supieron que ella lloró.
     De nuevo quedo escrita la verdad. Fuerte contra débil.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Se fue

A veces era difícil no recordarla, la veía en cada esquina con los libros en la mano y la mirada perdida. Sin embargo, ella volteaba a verlo y sonreía, con aquella sonrisa alegre y melancólica que siempre le perteneció. Sus ojos sonreían, pero guardaban la tristeza de que no podía estar con él. De repente un auto pasaba y ella simplemente no estaba, era ahí cuando recordaba que todo era una ilusión.

No sabía dónde estaba. Había desaparecido llevándose su corazón con ella. Dejándole el recuerdo de sus últimas lágrimas. El de sus ojos oscuros, la voz suave y pausada que siempre le hacía la misma pregunta cada que se veían. «¿Me quieres?» a lo que él contestaba «No» y la besaba para demostrarle que en realidad la amaba.

Ella se apoyaba en su pecho. Él le acariciaba el cabello. Luego ambos se abandonaban al silencio o las risas y todo terminaba con un triste «Nos volveremos a ver», una lágrima, un te quiero y ella reemplazaba la calidez de sus brazos con el frío de su ausencia.

Su sonrisa siempre tímida y lenta en aparecer se asomaba en sus labios cuando la volvía a ver, desaparecía cuando se daba cuenta que estaba en medio de una calle y ellos, se supone, no se conocían, y el leve rose de sus manos —casi accidental—, aunque enviaba una corriente por su columna, no era suficiente para darles calor.

Y cuando nada podía ir mejor… ella simplemente desapareció.

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Muy pronto regresare con una nueva historia...

miércoles, 27 de abril de 2011

Olvidare todo lo que significas

     —¿Por qué regresaste? —fue lo único que escapó de mis labios al verlo.

     Seguía tan alto como lo recordaba, con esa pose imponente que de niña me asustaba, pero ahora ya no le temía por lo que lo observe a los ojos desafiante.

     Quería reclamarle y gritarle que no era necesario que regresara, que podía irse por el mismo lugar que vino y que hace años se había ido. No tenía porque haber vuelto justo cuando lo olvide y su nombre no era más que un eco del pasado.

     —Por ti —contestó de manera corta.

     —No debiste, no te quiero cerca —musité dándole la espalda.

     Quería olvidarlo y esta era la mejor forma, alejarme de él y todo lo que significaba.
      Porque por cada sonrisa que esbozaba era una lágrima que deseaba escapar.

     Ya no quería llorar, lo odiaba y todo lo que él significaba eran lágrimas tristeza y dolor. No me di la vuelta para verlo una vez más, él quedaría en el pasado con mis lágrimas, observaría el mundo y sonreiría y en mi mente enterraría todo aquello que sentí por él.

domingo, 10 de abril de 2011

Un simple te quiero

—Te quiero —susurre cortando el silencio que se había formado entre nosotros, a pesar de que no ser incómodo llegue a la conclusión que era el mejor momento para decírtelo.

El que me dijeras «yo igual», me abrazaras y  besaras en la coronilla me hizo comprender que no habías entendido el verdadero significado de mis palabras.

Sólo sonreí y te correspondí, no había sentido en sacarte de tu error.


—Tengo novio —dije de repente al sentir que me abrazabas.

—Sólo espero que te cuide —replicaste sin alterar el tono de voz, pero tus actos engañaban tu pose despreocupada, me abrazaste más fuerte contra tu pecho y tu aliento provocaba cosquillas en mi oreja.


—Voy a casarme —musite al sentir como tomabas mi mano.

Sonreíste feliz y besaste mi mejilla, abrazándome, a modo de felicitación, una lágrima escapó de tus ojos sin que te dieras cuenta, lo supe por que corrió libre por mi hombro.

—Sabía que te iba a querer. —Tu voz sonó cortada y triste, aún así no dijiste nada más.


—Acepto —contesté al padre mirándote.

Estabas en primera fila, con los ojos cerrados y una sincera sonrisa. En primera fila como siempre, mi primer amigo y mi primer amor, pero no fuiste tú con quien me case.

No. Aquel chico que me besaba era otro, uno que había traído mil rosas y un millón de cajas de chocolate.

Infantilmente creí que te levantarías y dirías «yo me opongo», como en las pelis, como si en verdad me amaras y fueras a detenerme.

Confié en que me detendrías en el último momento, con un beso me robarías el aliento, subiríamos a tu auto y escaparíamos a las vegas para casarnos, ese era mi sueño de niña y tú lo conocías…

Ahí en el altar una lágrima rodó por mi mejilla, cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos, así como cuando mi corazón se partió verte besándote con una chica, pero éramos niños en aquel entonces.


—Te quiero —murmuraste de repente mientras empujaba un poco más alto el columpio en el que iba el pequeño niño.

—Yo igual —conteste besando tu mejilla.

No dijiste nada. Sólo  cerraste los ojos con una sonrisa vaga.

Yo sabía a lo que te referías. El verdadero significado de tus palabras, era el mismo tono de voz  con el que te dije que te quería, con que quise decirte que te amaba…

sábado, 26 de marzo de 2011

Sólo tú. Sólo yo.

Tú y yo lo supimos en cuanto nos vimos, aunque tratamos de ocultarlo, de herirnos el uno al otro; sólo ambos lo supimos, con vernos a los ojos la primera vez y única vez que nos vimos sin reparos, por cosas del destino. Nadie más lo supo, porque nadie más pudo verme, porque yo era invisible y callada, porque a ti volteaban a verte cuando caminabas.

Sólo tú. Sólo yo.

Éramos los dos, separados por un muro enorme, el de nuestra propia sociedad, porque yo vestía ropa cara, porque la tuya era barata, porque yo no podía soñar, porque a ti era lo único que te permitía seguir adelante, porque yo lloraba por ser débil, porque tú sonreías al ser más fuerte.

Sólo tú, sólo yo, solos los dos.

Enamorados, perdidos y tratando de olvidarnos

Solos con nuestro secreto, porque alguna vez lo compartimos y las cosas terminaron mal.

Él muerto, nosotros vivos.

Él tranquilo y descansando en paz. Tú y yo tratando de olvidar, sonriendo a los demás con falsedad.

lunes, 21 de marzo de 2011

Nuestro último verano

Recuerdo aquel último verano como si hubiera sido ayer, a pesar de que han pasado tantos años. Eras a penas una niña de dos años y yo de siete cuando nos conocimos, tu madre y la mía era muy amigas, siempre soñaron con vernos juntos, aunque yo sólo te veía como mi hermanita, te cuidaba a protegía durante esas pocas semanas en que venías.
Hasta que cuando cumpliste tus ocho años no sonreíste al verme, todo lo contrario, estuviste a punto de llorar, aunque no me entere de la razón hasta el día siguiente en que te fuiste y vi el letrero de «Se vende» en tu casa; ya te habías ido de vuelta a tu casa en la ciudad, para nunca regresar.
Supe que tus padres iban a separarse y venderían la casa de campo, ellos creían que te lo ocultaban fingiendo que se llevaban bien, querían que tuvieras un último verano feliz antes de que toda la mentira cayera como cae el telón en una obra de teatro; fuera como fuera te enteraste, por eso el último día que nos vimos viniste a mí sollozando, te hiciste un ovillo en mis brazos y lloraste con desconsuelo, no encontré la manera de calmarte. Recuerdo que al escuchar los gritos de tu madre te levantaste como si te hubieran dado un corrientazo, ibas a salir corriendo, pero los cordones desatados provocaron que cayeras, te jalé el brazo y nuestros labios terminaron juntos, nuestras mejillas se colorearon.
El mejor recuerdo que tengo de ti es ese, porque en ese momento esbozaste una sonrisa atontada, la más sincera que vi en esas semanas. Es lo único que recuerdo, porque al crecer quise olvidarme de ti para no sufrir.
Pasaron los años; yo me fui, si alguna vez regresaste no lo sé. El mejor recuerdo y único que tengo de ti es el de tu sonrisa atontada e infantil; tus mejillas, sonrojadas; el bote de tu cabello contra tu espalda, cuando saliste huyendo.

jueves, 3 de febrero de 2011

Un ángel y un desconocido

     Estaban alrededor de la fogata el fuego crepitaba mientras sus amigos reían y contaban chistes, cuentos de terror… También contaban sus experiencias con las chicas.
     —¿Quién se ha enamorado? —Algunos soltaron una carcajada ante la pregunta, otros rieron tímidamente al tiempo que asentían, él se limito a cerrar los ojos.
     «No» se dijo a sí mismo, nunca se había enamorado, pero ante ese pensamiento la imagen de una chica que conoció hace más de un año…
     Tenía el cabello medio largo, claro, parecía del color del sol; ojos, cristalinos, limpios y transparentes; su ropa negra, tenía un aspecto despreocupado.
      Pidió que le enseñara las calles de la ciudad, no se negó. Fue uno de los mejores días de su vida. Ella le dijo que su nombre era Ángel, cuando fue a decirle el suyo le pidió que no lo hiciera, que prefería guardarlo como un secreto.
     Había aceptado, la sonrisa que le regaló sólo fue el inicio de muchas más de aquella tarde, recordó que comió helado y rió como no lo hizo antes. Ángel era una chica dulce, sencilla y sonriente.
      Al final del día un auto aparcó a unos metros de ellos, pudo distinguir que era caro —uno de los últimos modelos para ser exactos—, ella dijo que debía irse… Le sonrió, pero era una melancólica y triste. Las palabras textuales que ella dijo fueron: «La razón por la que pedí no saber tu nombre, es porque es mi último día de libertad, tenía doce horas para disfrutar. Me encadenaran a una jaula de oro. Tú olvidarás que alguna vez le enseñaste la ciudad a alguien, yo recordaré este día como el más feliz y no evocaré tu imagen a través de tu nombre, serás el desconocido que me hizo feliz».
     Al principio no comprendió, pero cuando ella salió corriendo y subió al auto entendió que no volvería a verla.
     Ella se convirtió en un ángel —así como su nombre lo decía—, que custodiaba sus sueños. Él, en un simple desconocido.

lunes, 17 de enero de 2011

Ella no era así

Aquella chica que estaba ahí no era la que amaba. Porque la que él quería sonreía sin parar, reía y nunca se dejaba desanimar.

En cambio, aquella chica lo miraba con tristeza, como si hubiera muerto una parte de ella. No, era imposible que su niña querida, su pequeño ángel estuviera frente a él pidiéndole que se alejara y la dejara de querer.

Ella prácticamente le había devuelto la vida, o mejor dicho  le dio una, porque recordaba los largos viajes con su banda, cantando mentiras que no sentía. En primera fila, recordó que estaba, y cuando se fijo en sus ojos…

Podía ser cursi, pero sintió que fue amor a primera vista ¿cómo no enamorarse de esos ojos y esa sonrisa? Luego del concierto intento buscarla por todos los medios, pero ella era una persona importante y sólo estaba ahí por pedido de alguien más, una semana se quedo en aquel país extraño, una semana que por capricho del destino se chocó con la sonriente chica de primera fila.

Era una gira, aunque quisiera no podía quedarse con ella, por eso fue al aeropuerto esperando volver a verla, quería que ella se despidiera de él porque el día de ayer fue incapaz de buscarla… no estaba.

El tiempo pasó y así como la conoció un día la volvió a ver, pasando frente a una cafetería, sonriente. ¿Qué fue lo que más le impactó? Tal vez fuera el azul de sus ojos o el rojo de sus labios, fuera lo que fuera le invito un chocolate.

Intercambiaron números y quedaron en verse, aunque sentía que pasaría tiempo antes de que eso pasara de nuevo y no se equivoco al ver que cuando la llamó no contesto, sabía que sí iba a verla de nuevo tendría que ser por jugadas del destino.

¿Destino? Para ella no existía en eso, porque esa chiquilla creía en todo menos en que algo manejaba su vida.

Para cuando la volvió a ver había pasado el tiempo, dejado de ser una niña, incluso le pareció que su mirada se apagó, aunque todas sus dudas se disolvieron cuando le miró y sonrió. Aquella vez no estaba dispuesto a dejarla escapar, estaba cansado de esos encuentros esporádicos cada vez mucho tiempo. No la dejo irse, rogó que se quedara con él.

Mucho tardo en darse cuenta que ella era como una flor silvestre, necesitaba la libertad para poder crecer, al comprenderlo no tuvo más opción que dejarla partir, pidiéndole al mundo que la trajera de nuevo alguna vez, junto a él.

El tiempo se detuvo cuando ella regreso, y le pidió devuelta su corazón. Al principio no comprendió, pero de repente recordó que antes de irse le pidió que cuidara de su corazón, bajo el juramento de que si alguna vez se volvían a ver le pertenecería por siempre.

Se negó rotundamente a hacerlo, estaba enamorado y no quería entregarle lo que le pedía.

No iba a devolverle el corazón porque significaba que tendría que dejar de quererla, a pesar que sus ojos estaban apagados, prometió a ella —y al él mismo— devolverles la vida… porque ella no era así, por ningún motivo dejaría que siguiera así.
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¡Estoy de vuelta! Sí sé que hace mucho tiempo no publicaba ninguna historia corta a pesar de que los capis de La búsqueda han seguido sin falta. Las vacaciones son de lo mejor, pero hacen daño, me vuelven más vaga. Bueno disfruten de esta pequeña historia que tenía hace rato a medias y ahora por fin pude terminar.  Ya casi entró a clases... último año...
regresaemptypronto
 

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