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martes, 3 de abril de 2012

La hermana que nunca abracé


La conocí en mi cumpleaños número siete.

Era un día soleado, podía sentir el calor traspasar las suelas de mis zapatos y subir por mis piernas, la mochila me rebotaba en la espalda y yo solo corría por las calles para llegar a casa pronto.

Sabía que me esperaba un pastel de chocolate con fresas por encima, mi madre siempre lo preparaba en la mañana el día de mi cumpleaños, cuando llegaba del colegio las velas estaban encendidas, el olor del pastel recién horneado aún se percibía en el aire.

Aunque aquel año fue un poco diferente, cuando entré por la puerta de la cocina mamá me recibió con un abrazo, me dijo: Alguien te espera en la sala. Yo sonreí, creyendo que por ser mi cumpleaños papá había llegado temprano.

Qué fiasco me llevé cuando vi una chica, tendría veinte años, el cabello castaño claro, crespo y ojos incoloros. Ella estaba ocupada fijándose en las fotos que estaban en la equina y no me escuchó. Así que para llamar su atención le susurré un hola. Se volteó de inmediato, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola —contestó. Se acercó caminando en la punta de los pies, su cabello se estiraba como un resorte y volvía a su forma original a cada paso que daba—. Feliz cumpleaños, precioso. Te atraje un regalo —musitó sonriendo nerviosamente—. Ojalá te guste —murmuró con una risa que se asemejaba al tintineo de una campana. Se sacó una caja envuelta en papel rojo y un moño amarillo del bolsillo.

El regalo tenía el tamaño de su puño, cuando me lo entregó lo sacudí.

—¿Qué es? —pregunté.

—A menos que lo abras no lo sabrás —respondió y yo me quedé mirándola, sus ojos, así de cerca como estaba, parecían dos farolitos recién iluminados—. Ábrelo —susurró muy bajo mirando para otro lado. Yo aparte la vista cuando noté que sus ojos se hacían agua.

Arranqué el moño sin piedad y con torpeza rompí el papel, luego abrí la caja y saqué una locomotora de cristal pequeña envuelta en papel de burbujas.

—No sabía qué regalarte —musitó mientras yo acariciaba los trazos y la caldera del pequeño juguete.
Era bonito, aunque no me serviría para nada. Tendría que dejarlo en mi mesita de noche o en la repisa, si alguno de mis primos o amigos lo cogía podía romperlo.

—Di gracias —ordenó mamá desde la puerta que conectaba la cocina con la sala. Yo lo repetí, aún fijándome en los detalles del contenido de la caja de regalo. Cuando miré por debajo de la locomotora, que tenía una inscripción que decía «Vive tus sueños».

—¿Quién eres? —interrogué. Mi mamá bajó la cabeza y se fue a la cocina limpiándose las manos.

Ella pronunció su nombre, lo hizo muy suave, luego vino el sonido de su risa, dijo que era mi hermana. No me lo creí hasta que papá cruzó la puerta y su feliz cumpleaños dirigido a mí se apagó al verla.

Mamá exclamó: «Hola, cariño». Papá se fue a la cocina después de entregarme una caja alargada cuyo contenido ya no recuerdo.

El pastel lo partimos en un inusual silencio, de inmediato supe que era culpa de ella. Y decidí que mejor no hubiese ido. Quería que se fuera, pero se quedó un rato hablando conmigo. Me contó que era bailarina, conocía toda clase de lugares, que a lo mejor —si papá y mamá me dejaban— me llevaba a conocer el monte más alto del mundo o navegar por el río más largo. Nos imaginé subidos en un tren como el de mi regalo, con la caldera humeante, el «chu chu» resonando mientras iba rumbo a lo desconocido. Mi hermana me plantó un beso en la mejilla sin decir nada.

Luego de eso se fue y no volví a verla hasta un año y un día después, donde me pidió perdón por llegar tarde y no poder quedarse. Un regalo, un beso, un hasta luego y la vi alejarse agarrada del brazo de un hombre que no me presentó, aunque en todo momento le cogió la mano.

Al igual que el año pasado, mamá y papá evadieron cualquiera de mis preguntas. Yo sabía que mis padres y ella discutieron, lo hicieron en la cocina en mi cumpleaños número siete, cuando supuestamente fui a guardar los regalos.

Escuché poco y no entendí nunca nada.

Ellos decían que lo que hacía estaba mal; ella que tenía sus derechos, que no era ya una niña tonta, que había madurado…

Pero la discusión se terminó con un «piensa en lo mejor para él» que provino de mi padre.

Cuando bajé ella tenía huellas de lágrimas; papá, los puños apretados y mamá limpiaba los platos.

Mi hermana me siguió enviando regalos hasta que fui mayor, hasta que un día —idéntico al día en que la conocí— dijo que quería decirme algo, que tenía que saberlo y yo le contesté que ya basta, que no valía aparecerse solo un día al año y el resto olvidarse de que existía, le pedí que dejara de enviarme regalos. Ella lo cumplió, pero empezó a enviarme cartas que nunca respondí, porque ni me tomé la molestia de leerlas.

No me arrepentí de mi decisión de no escucharla hasta el día en que recibí un sobre lleno de partituras del guitarrista que tocaba en sus presentaciones, que más tarde me enteré era su esposo y con quién la vi en varias ocasiones, en todas ellas él apartó la mirada de mí. Contraté a alguien para que interpretara la melodía, era suave con leves tonadas felices en medio de la tristeza.

Solo al final de la melodía el guitarrista me pasó las partituras, me señaló la última página, descubrí que mis padres no eran mis padres y que mi hermana no era mi hermana…

Finalmente entendí todo, busqué la vieja locomotora que me dio ella en el primer cumpleaños en el cual estuvo conmigo, la guardé en una caja junto con el resto de regalos y cartas.

Por fin comprendí de donde provenía el alma de artista que mis padres tanto se esforzaron en extinguir.


***

Perdón por tenerlo tan abandonado, no es que haya dejado de escribir, solo que he estado ocupada estudiando y también que cuando me pongo a escribir no terminó las cosas que escribo. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

Otra historia que termina

Sé que he tenido este blog super abandonado, a pensar de que he escrito historias no las he corregido y mucho menos subido. En diciembre me gradué y pues antes de eso estaba super loca con todos los trabajos y notas y que tal cosa.

Los más importante ahora es que El problema eres tú ya se ha terminado, tengo algunos borradores de historias para escribir, pero antes me gustaría poder corregir lo que he tenido abandonado y volver a actualizar este blog.

Gracias a todos los que me apoyaron.

El problema eres tú puede leerlo en: Fanfic.Es, FictionPressPlumas Azules, Wattpad.

sábado, 24 de diciembre de 2011

¡Feliz Navidad!



Feliz navidad a todos, que la pasen genial, con su familia y amigos; todas aquellas personas que los aman.

lunes, 31 de octubre de 2011

No es un simple cuento

El peso de las cadenas en sus manos era insoportable, la falta de aire cada vez se hacía más latente, su corazón acelerado le dificultaba escuchar el ruido de los pasos «pum pum pum». Las lágrimas se agolparon en sus ojos y aunque intentaba no podía ver bien, aun así se fijaba a los lados frenética intentado ver más allá de las sombras.

Soltó un grito de horror cuando una sonrisa macabra y maliciosa apareció frente a ella, los dientes afilados y en la comisura de sus labios se notaba un rojo carmín, como el de la sangre…

—No por favor… por lo más sagrado, no me hagas daño —suplicó desesperada, pero la criatura no puso atención, un cuchillo plateado con el filo desgastado mostró.

«Tic tac, tic tac» marcaba el reloj y escuchaba el «plip plap» cuando las gotas de agua golpeaban contra el piso de madera que rechinaba a cada paso de la bestia.

Observó los ojos rojos y una risa estruendosa y terrorífica huyó de los labios secos. Escapó un grito de lo más profundo de su alma…
Su cuello había sido cortado y la criatura de las sombras bebió la sangre.

—Mentirosa —dijo una niña con los ojos color miel y el cabello castaño clarito que tapaba sus mejillas blancas—. Eres una mentirosa y no te creo nada, eso no pudo haber pasado —renegó con las manitos empuñadas y una expresión de molestia.

—Pues si no te gusta la historia puedes irte —replicó dejando la linterna a un lado y cruzando sus brazos con una mirada altiva—. No soy ninguna mentirosa, sucedió hace diez años en la vieja casa de los Rowen.

—Mentirosa —repitió con frenesí y, tomando la calabaza llena de caramelos de colores y otros negros combinados con naranja, se fue sacándole la legua y haciéndole viscos con los ojos.

—Ya no contaré más —replicó la chica más grande con su cabello negro y vestida de vampiresa cuando los niños pidieron que siguiera.

Los otros pequeños hicieron notar su descontento con esa decisión, habían estado con los labios apretados y la garganta seca cuando inició el relato, pero ahora, por culpa de la pequeña fantasma, no sabrían nada más. Enfadados algunos fueron tras la chiquilla.

—Dulce —llamaron cuando la niña recibió más caramelos de una amable vecina.

—¿Qué quieren? —interrogó caminado a la siguiente casa.

—Has dicho que el relato de Lili es una mentira, no te importará comprobarlo ¿cierto? —dijo dando golpes con su zapato y sus manos detrás suyo.

—Mis padres no me dejan entrar a la casa de los Rowen —respondió resuelta y tocó el timbre—. ¡Quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor! —cantó y esbozó una enorme sonrisa cuando le dieron muchos dulces.

Los niños le pusieron la mano sobre el hombró y fruncieron el ceño, eran un poco mayores, le tomaron la mano y empezaron a jalarla por la calle hasta el otro lado. Las personas los miraban con confusión, pero luego lo alegaban al día y a las bromas por más que la chiquilla gritaba que la dejaran.


—Entra —ordenaron a unísono, ella renegó y les dio un golpe para que la dejaran en paz—. ¡¡Gallina, gallina, gallina!! —corearon con sonrisas malignas.


—¡Son unos idiotas! —exclamó con los labios apretados y soltaron una carcajada. Enfadada agarró fuerte el lasito de su canasta de dulces y buscó una entrada.


Ellos la observaron con expresiones triunfantes y la siguieron por el húmedo pasto.


Una ventana estaba rota, se subió encima de algunas cajas y entró con algo de dificultad por su estatura.


El piso rechinó tras sus pasos cortos y temerosos. Algunas sabanas blancas tapaban los muebles, se veían empolvados, a cada paso que daba la engullían las sombras de la habitación. Tímidamente palpó la barandilla de la escalera y subió el primer escalón, a medida que caminaba contaba en su mente, tratando de distraerse.


Cinco, seis… resonaba. Sus zapatitos blancos se deslizaron por la alfombra rojo, un rojo gastado y manchado por el tiempo. Había varias puertas, una en especial abierta, tenía un letrero polvoriento que alguna vez fue dorado.


Gritó al sentir una mano en su hombro, algo cayó, que siguió en hilera, provocando un efecto de dominó. Tapó sus ojos e intentó escabullirse por el piso, asustada como estaba no pensó en más que huir, pero una tabla del viejo suelo se rompió cuando algo cayó y quedó atrapada. Alzó su mirada, un rostro verde y arrugado, unos colmillos largos y afilados…


—Tranquila. —La voz era suave, tomó su pierna y de un jalón la liberó.


Se abrazó al cuello de su salvador.


—No deberías estar aquí, Dulce. La estructura es tan antigua, podrías lastimarte.


—¿Quién eres?


—Una amiga —contestó con suavidad, llevándola de la mano por el pasillo.
El sonido de los grillos y los árboles contra la ventana la tenía nerviosa junto con el ulular de los búhos, se apegó más a la chica que apretó su mano, la sintió helada...


La guió hasta una nueva la puerta y le hizo un gesto para que entrara. Quiero que te quedes conmigo dijo bajito se dio cuenta de que tenía el cuello roto cuando se quitaba la máscara.


Gritó con todas sus fuerzas y corrió. La chica no le impidió que se fuera, la atravesó sin ningún problema y una corriente eléctrica pasó por su columna vertebral.




—…ding dong —hizo el reloj a la media noche, mientras me alejaba de la casa, me fijé en las ventanas de arriba, unos ojos fantasmales me observaban. Seguí corriendo y no volví mi mirada —aseguró de manera convincente.


—Estás loca, no puedo creer que pasaras por eso —respondieron enfadados los más pequeños.

Los niños se levantaron y dieron la vuelta, ya no era tan fácil asustarlos, ni aunque la historia fuera real, de vez en cuando pasaba por la vieja casa de los Rowen, de noche, aún podía verla, le observaba con ojos tristes y desolados al poner su mano contra el vidrio. En las noches podía escuchar un susurro traído por el viento  «Ven conmigo» decía.

Cerró los ojos y se levantó, de nuevo pasó por allí, el mismo rostro… una suave llovizna, de nuevo el susurro… Un paso, luego otro y al final una sonrisa de la chica fantasmal…


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Es algo qeu escribí para un concurso de Hallowen en un foro

miércoles, 5 de octubre de 2011

La puerta y las fotos


     Entre los interminables pasillos con paredes de cristal, que ya están empolvados porque se olvidaron hace demasiado, se oculta una puerta de oro con un cerrojo que jamás se cerró con llave, pero nunca se volvió a abrir.

     Tras la puerta, una habitación olvidada espera un día que nunca llegará, un día en que los libros, entre los que se perdieron las risas de la infancia, se vuelvan a abrir; en que los pasos que quedaron atrapados en el corredor y volvieron a la habitación, dejando lágrimas que quedaron encerradas bajo el candado de un diario, regresen otra vez.

     Son pasos que se olvidaron, entraron a tropiezos y salieron tranquilos,  llenos de promesas falsas de seguridad. Pasos que querían dar saltitos y de vez en cuando sólo querían correr para escapar.

     Allá, tras esa puerta olvidada que nunca traicionó a la mente, pero si traicionó al corazón se ocultan los recuerdos de una vida que en algún momento fue lo mejor.

     Pobre puerta, se oxidó a propósito, ya ni siquiera porque la quieran volver a abrir se mueve, quedó atascada de tal forma que únicamente se puede abrir una pequeña rendija que da vista al álbum de fotos empolvado con nombres que ya perdieron significado, fotos que  de vez en cuando pasan las páginas para permitir un vistazo al pasado, pero a cambio de ese vistazo se obtiene más polvo, ya es tanto que las más viejas ni si quiera se pueden ver y las más nuevas no tienen razón de ser.

     Únicamente quedan las que se van tomando en el presente, esas que están atrapadas en una cámara porque no tiene lugar donde vivir ni un pasado que les pueda decir cómo llegaron hasta ahí. Son fotos desordenadas, confundidas y sin esperanzan de explicación, ya se resignaron a ser pasado de un futuro sin ellas mismas tener uno, aunque dicen que traman una conspiración.

     Pobre puerta, de escuchar tantos rumores tomó una decisión, robar la llave para asegurarse de que esas fotos sin lugar no ocupen el de las demás, ya que si lo hicieran solo quedarían rezagadas a también ser olvidadas. 
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