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lunes, 31 de octubre de 2011

No es un simple cuento

El peso de las cadenas en sus manos era insoportable, la falta de aire cada vez se hacía más latente, su corazón acelerado le dificultaba escuchar el ruido de los pasos «pum pum pum». Las lágrimas se agolparon en sus ojos y aunque intentaba no podía ver bien, aun así se fijaba a los lados frenética intentado ver más allá de las sombras.

Soltó un grito de horror cuando una sonrisa macabra y maliciosa apareció frente a ella, los dientes afilados y en la comisura de sus labios se notaba un rojo carmín, como el de la sangre…

—No por favor… por lo más sagrado, no me hagas daño —suplicó desesperada, pero la criatura no puso atención, un cuchillo plateado con el filo desgastado mostró.

«Tic tac, tic tac» marcaba el reloj y escuchaba el «plip plap» cuando las gotas de agua golpeaban contra el piso de madera que rechinaba a cada paso de la bestia.

Observó los ojos rojos y una risa estruendosa y terrorífica huyó de los labios secos. Escapó un grito de lo más profundo de su alma…
Su cuello había sido cortado y la criatura de las sombras bebió la sangre.

—Mentirosa —dijo una niña con los ojos color miel y el cabello castaño clarito que tapaba sus mejillas blancas—. Eres una mentirosa y no te creo nada, eso no pudo haber pasado —renegó con las manitos empuñadas y una expresión de molestia.

—Pues si no te gusta la historia puedes irte —replicó dejando la linterna a un lado y cruzando sus brazos con una mirada altiva—. No soy ninguna mentirosa, sucedió hace diez años en la vieja casa de los Rowen.

—Mentirosa —repitió con frenesí y, tomando la calabaza llena de caramelos de colores y otros negros combinados con naranja, se fue sacándole la legua y haciéndole viscos con los ojos.

—Ya no contaré más —replicó la chica más grande con su cabello negro y vestida de vampiresa cuando los niños pidieron que siguiera.

Los otros pequeños hicieron notar su descontento con esa decisión, habían estado con los labios apretados y la garganta seca cuando inició el relato, pero ahora, por culpa de la pequeña fantasma, no sabrían nada más. Enfadados algunos fueron tras la chiquilla.

—Dulce —llamaron cuando la niña recibió más caramelos de una amable vecina.

—¿Qué quieren? —interrogó caminado a la siguiente casa.

—Has dicho que el relato de Lili es una mentira, no te importará comprobarlo ¿cierto? —dijo dando golpes con su zapato y sus manos detrás suyo.

—Mis padres no me dejan entrar a la casa de los Rowen —respondió resuelta y tocó el timbre—. ¡Quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor! —cantó y esbozó una enorme sonrisa cuando le dieron muchos dulces.

Los niños le pusieron la mano sobre el hombró y fruncieron el ceño, eran un poco mayores, le tomaron la mano y empezaron a jalarla por la calle hasta el otro lado. Las personas los miraban con confusión, pero luego lo alegaban al día y a las bromas por más que la chiquilla gritaba que la dejaran.


—Entra —ordenaron a unísono, ella renegó y les dio un golpe para que la dejaran en paz—. ¡¡Gallina, gallina, gallina!! —corearon con sonrisas malignas.


—¡Son unos idiotas! —exclamó con los labios apretados y soltaron una carcajada. Enfadada agarró fuerte el lasito de su canasta de dulces y buscó una entrada.


Ellos la observaron con expresiones triunfantes y la siguieron por el húmedo pasto.


Una ventana estaba rota, se subió encima de algunas cajas y entró con algo de dificultad por su estatura.


El piso rechinó tras sus pasos cortos y temerosos. Algunas sabanas blancas tapaban los muebles, se veían empolvados, a cada paso que daba la engullían las sombras de la habitación. Tímidamente palpó la barandilla de la escalera y subió el primer escalón, a medida que caminaba contaba en su mente, tratando de distraerse.


Cinco, seis… resonaba. Sus zapatitos blancos se deslizaron por la alfombra rojo, un rojo gastado y manchado por el tiempo. Había varias puertas, una en especial abierta, tenía un letrero polvoriento que alguna vez fue dorado.


Gritó al sentir una mano en su hombro, algo cayó, que siguió en hilera, provocando un efecto de dominó. Tapó sus ojos e intentó escabullirse por el piso, asustada como estaba no pensó en más que huir, pero una tabla del viejo suelo se rompió cuando algo cayó y quedó atrapada. Alzó su mirada, un rostro verde y arrugado, unos colmillos largos y afilados…


—Tranquila. —La voz era suave, tomó su pierna y de un jalón la liberó.


Se abrazó al cuello de su salvador.


—No deberías estar aquí, Dulce. La estructura es tan antigua, podrías lastimarte.


—¿Quién eres?


—Una amiga —contestó con suavidad, llevándola de la mano por el pasillo.
El sonido de los grillos y los árboles contra la ventana la tenía nerviosa junto con el ulular de los búhos, se apegó más a la chica que apretó su mano, la sintió helada...


La guió hasta una nueva la puerta y le hizo un gesto para que entrara. Quiero que te quedes conmigo dijo bajito se dio cuenta de que tenía el cuello roto cuando se quitaba la máscara.


Gritó con todas sus fuerzas y corrió. La chica no le impidió que se fuera, la atravesó sin ningún problema y una corriente eléctrica pasó por su columna vertebral.




—…ding dong —hizo el reloj a la media noche, mientras me alejaba de la casa, me fijé en las ventanas de arriba, unos ojos fantasmales me observaban. Seguí corriendo y no volví mi mirada —aseguró de manera convincente.


—Estás loca, no puedo creer que pasaras por eso —respondieron enfadados los más pequeños.

Los niños se levantaron y dieron la vuelta, ya no era tan fácil asustarlos, ni aunque la historia fuera real, de vez en cuando pasaba por la vieja casa de los Rowen, de noche, aún podía verla, le observaba con ojos tristes y desolados al poner su mano contra el vidrio. En las noches podía escuchar un susurro traído por el viento  «Ven conmigo» decía.

Cerró los ojos y se levantó, de nuevo pasó por allí, el mismo rostro… una suave llovizna, de nuevo el susurro… Un paso, luego otro y al final una sonrisa de la chica fantasmal…


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Es algo qeu escribí para un concurso de Hallowen en un foro

miércoles, 5 de octubre de 2011

La puerta y las fotos


     Entre los interminables pasillos con paredes de cristal, que ya están empolvados porque se olvidaron hace demasiado, se oculta una puerta de oro con un cerrojo que jamás se cerró con llave, pero nunca se volvió a abrir.

     Tras la puerta, una habitación olvidada espera un día que nunca llegará, un día en que los libros, entre los que se perdieron las risas de la infancia, se vuelvan a abrir; en que los pasos que quedaron atrapados en el corredor y volvieron a la habitación, dejando lágrimas que quedaron encerradas bajo el candado de un diario, regresen otra vez.

     Son pasos que se olvidaron, entraron a tropiezos y salieron tranquilos,  llenos de promesas falsas de seguridad. Pasos que querían dar saltitos y de vez en cuando sólo querían correr para escapar.

     Allá, tras esa puerta olvidada que nunca traicionó a la mente, pero si traicionó al corazón se ocultan los recuerdos de una vida que en algún momento fue lo mejor.

     Pobre puerta, se oxidó a propósito, ya ni siquiera porque la quieran volver a abrir se mueve, quedó atascada de tal forma que únicamente se puede abrir una pequeña rendija que da vista al álbum de fotos empolvado con nombres que ya perdieron significado, fotos que  de vez en cuando pasan las páginas para permitir un vistazo al pasado, pero a cambio de ese vistazo se obtiene más polvo, ya es tanto que las más viejas ni si quiera se pueden ver y las más nuevas no tienen razón de ser.

     Únicamente quedan las que se van tomando en el presente, esas que están atrapadas en una cámara porque no tiene lugar donde vivir ni un pasado que les pueda decir cómo llegaron hasta ahí. Son fotos desordenadas, confundidas y sin esperanzan de explicación, ya se resignaron a ser pasado de un futuro sin ellas mismas tener uno, aunque dicen que traman una conspiración.

     Pobre puerta, de escuchar tantos rumores tomó una decisión, robar la llave para asegurarse de que esas fotos sin lugar no ocupen el de las demás, ya que si lo hicieran solo quedarían rezagadas a también ser olvidadas. 
 

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